Buscando la verdad…

Esta es una disyuntiva que no es tan baladí como parece. No carece de importancia, pues es la base de nuestro sistema social y económico. En la actualidad, el sistema económico neoliberal se basa en la idea de que el somos un conjunto de individualidades, compitiendo entre si por los escasos recursos. Esto da lugar a toda la teoría económica capitalista, de Adam Smith en la que se establece la propiedad privada y el libre mercado como bases de la sociedad. Las leyes de patentes se basan en la idea de que las empresas compitan entre sí, con el objetivo de obtener un producto patentado que le ofrezca una rentabilidad económica, como incentivo. Esta rentabilidad económica sería la base para un rápido avance de la sociedad, obteniendo productos cada vez mejores, gracias a la competitividad entre las empresas. De hecho, en los últimos meses, seguramente, no habreis oido otra cosa: competitividad y crecimiento, dicho como un mantra único al que no podemos enfrentarnos, y que es la base de la economía de mercado.

Es curioso como hemos formado toda nuestra sociedad en el valor de la competición, exaltado los valores deportivos o exacerbando la capacidad indivual, creando un mundo individualista donde el trabajo en grupo es creado como de “grupos individuales” y no de una cooperación real, al servicio siempre de un objetivo económico.

Tal es así que Julio Anguita, en un artículo de opinión para el diário digital Público , nos dice:

“En un debate habido en la Fundación Canal tuve como contradictor a Percival Manglano, Consejero de Economía y Hacienda de la Comunidad de Madrid. En un momento dado el señor Manglano mantuvo que la Democracia llevada hasta sus últimas consecuencias degenera en demagogia y populismo; en consecuencia el sistema democrático debiera tener unos elementos correctores que impidieran tal riesgo. Al preguntarle yo si se refería a las constituciones o al demos, me contestó que el elemento corrector por antonomasia era el mercado.

Gregorio Peces Barba mantiene en uno de sus escritos que el derecho al trabajo sólo puede ser cumplido si coinciden en el mismo sujeto el defensor de ese derecho subjetivo y el empleador. Pero como tal enunciado podría llevar a conclusiones no queridas termina diciendo en referencia al artículo 35 de la actual constitución que debemos desembarazarnos de una promesa incumplida y de imposible cumplimiento, de una rémora, justificada en el pasado, pero que hoy puede ser una gigantesca hipocresía.

El corolario de ambas opiniones es bastante claro: el actual sistema económico, considerado como único, inmutable y científico, se impone a las tradiciones democráticas, a las grandes conquistas políticas, económicas y sociales. De un plumazo son barridos la Declaración de DDHH y textos vinculantes derivados de ella, los derechos sociales y el propio Estado de Derecho. Cobran su exacto sentido las palabras de Hans Tietmeyer en 1994; el entonces presiente del Bundbesbank afirmó que los políticos deben aprender a obedecer los dictados de los mercados. Y en ese mismo sentido Alain MInc, dirigente empresarial y asesor de Sarkozy ha afirmado que el mercado es el estado natural de la sociedad, la democracia no.”

Sin embargo, este corolario ha dado lugar a un estado que resulta totalmente demagógico e irreal, donde el dinero ha cogido más importancia por si mismo que los supuestos recursos que debería gestionar, tal y como vimos en el artículo “El porque de la crisis económica“.

Colaboración Vs. Competitividad

Pero la realidad se impone. Esa es una máxima con la que no contaban cuando se inventaron las grandes mentiras sociales. Y así, la competitividad en los mercados ha dado lugar a un estado de “guerra” permanente entre empresas, estados y personas, que lejos de servir al avance de nuestra sociedad, nos induce a fagocitarnos los unos a los otros, en una espiral autodestructiva.

Así, por ejemplo, para generar beneficios económicos, las empresas contratan allí donde sea más barato producir, independientemente de las condiciones de trabajo en terminos de horario, seguridad o salario que se den. De echo, cuanto más bajos y peores sean estos términos, más barato resultará la producción y hará a la empresa más competitiva. Sin embargo esto no se ha traducido siempre en avances que lleguen hasta la población y en muchas ocasiones han frenado el desarrollo real que podría haberse producido.

Un ejemplo lo tenemos en la lucha contra el Alzheimer, en el proyecto Alzheimer’s Disease Neuroimaging Initiative (ADNI) del que Enrique Dans habla en un muy recomendable artículo: “Alzheimer y propiedad intelectual“, donde nos dice:

“Cinco años después del comienzo de la iniciativa, los resultados saltan a la vista: múltiples compañías e instituciones han contribuido con sesenta millones en fondos al proyecto, ha sido más sencillo obtener pacientes con los que desarrollar pruebas, se ha generado un conjunto de más de ochocientos pacientes y controles, el archivo de datos ha sido descargado más de tres mil doscientas veces, y la base de datos con imágenes de los escáneres cerebrales, en casi un millón de ocasiones. El esfuerzo ha dado lugar a una gran cantidad de papers de investigación, y a más de cien estudios en progreso sobre fármacos que podrían ralentizar o detener la evolución de la enfermedad.”

Que es justo lo contrario de lo que, según la teoría competitiva que el capitalismo neoliberalista nos intenta imponer, debería haber ocurrido. De hecho, esta obsesión por obtener el mayor beneficio posible, no siempre pone sobre el escenario la competitividad que debería y genera, justo, el efecto contrario, como el buen doctor Elkin Patarroyo ha podido comporobar en sus propias carnes a la hora de producir la vacuna contra la Malaria :

“Según recordó, una multinacional farmacéutica le llegó a ofrecer la vacuna a un precio de 75 dólares la dosis. El había calculado que debería rondar los 10 céntimos de euro. Por este motivo, Patarroyo rechazó la oferta de la empresa, dado que de otra manera la vacuna nunca llegaría a los más necesitados, «que es para lo que he estado trabajando durante los últimos 33 años». «No somos instituciones de beneficencia y tenemos que responder ante nuestros accionistas», afirma que le espetó un de los máximos responsables de uno de los laboratorios.”

Así las cosas, podríamos decir que esta competitividad al final está trayendo más problemas que soluciones, puesto que cuando se elimina de en medio, obtenemos unos ratios de avance y de beneficios en recursos, que no económicos necesariamente, muy importantes.

Violencia y Criminalidad

Pero, después de todo, el ser humano es, por naturaleza, acaparador de recursos. Aunque la colaboración pudiera ser beneficiosa para nosotros, al igual que el no usar la violencia, es obvio que el hombre compite con otros hombres y que la violencia forma parte de la sociedad, incluso ahora, que tenemos la mejor de las sociedades posible. Forma parte de la naturaleza humana; está impreso en nuestros genes y, contra eso, no se puede hacer nada.

Pero todo esto no son más que excusas. La realidad es que, cuando a nivel científico estudiamos nuestros genes, descubrimos que tenemos “genes de sobra”, ya que algunos grupos de alelos tienen funcionalidades similares. Esto ocurre, precisamente por la función Epigenética, término acuñado por C. H. Waddington en 1953 para referirse al estudio de las interacciones entre genes y ambiente que se producen en los organismos. Dependiendo del ambiente, se activan o desactivan determinados genes, adaptándolos al entorno.

La realidad es que la violencia y la competitividad son referencias del entorno y no propiedades intrínsecas del hombre. En las sociedades competitivas, donde hay una acaparación de recursos (hoy en día, sobre todo económicos), se produce una relación asimétrica entre las personas que tienen dichos recursos (ricos) y los que no (pobres). Esto genera una pobreza relativa (de los probres con respecto a los ricos), que da la sensación a los pobres de “robo” de recursos (en la mayor parte de los casos, a lo demás, es así) que deben de ser recuperados. La falta de recursos en estas relaciones asimétricas hace que los más desfavorecidos accedan a ellos através de la violencia (delincuencia), o que los acaparadores de recursos la usen (la violencia) en su beneficio (represión policial, invasión de países, etc…). La pobreza relativa es la principal fuente de violencia y delincuencia a nivel mundial.

Sin embargo, si tomamos sociedades cooperativas, como las cristianas anabaptistas (Amish, Menonitas o Huteritas) o los Kibuzt Israelies, podremos ver como las relaciones simétricas en el reparto de recursos hacen unas sociedades carentes de delincuencia y de violencia en ninguna de sus formas (exceptuando las creadas por las propias costumbres religiosas, como el machismo o la homofobia). Las personas colaboran entre sí, entendiendo que los recursos son para todos y que nuestra aportación es importante para la comunidad.

Conclusiones

La principal conclusión a la que podemos llegar es, primero, que no existe un estado natural del ser humano en si mismo, que se adapta a cualquiera de las dos situaciones (colaboración o competición) como parte de su adaptación al entorno, deshechando el mito de la naturaleza del ser humano que es, en última instancia, inexistente. Si tuvieramos que definir una naturaleza para el ser humano, podríamos decir que su naturaleza es adaptarse al entorno en el que se encuentra para sobrevivir.

Pero ¿cual de las opciones es la más beneficiosa? Queramos como queramos verlo, la opción de la competición solo genera problemas reales para el ser humano, creando un ser ruín, capaz de cualquier cosa para acaparar recursos en su propio beneficio e, incluso, poniendo al sistema de gestión de dichos recursos (dinero) por encima de sus congéneres, suponiendo esto la mayor de las perversiones de los sistemas creados nunca por el ser humano.

Las sociedades colaborativas, dependientes del “procomún“, son más equitativas, con unos niveles de felicidad mayores y carentes en su grueso, de delincuencia y de comportamientos violentos.

Directamente podríamos decir que sin bien es inútil e innecesario determinar si el hombre es un ser competitivo o colaborativo, si podríamos determinar que la sociedad colaborativa es mucho más beneficiosa y, por lo tanto, debería ser el paradigma a seguir y sobre la que formar nuestra sociedad, en contra de la situación actual de competitividad que el neoliberalismo pretende imponer y que nos ha llevado a la grave situación de crisis económica actual (que no de recursos, recordemos) y que nos tiene inmersos en la locura ecocida .

Anuncios

Comentarios en: "El ser humano como especie competitiva o colaborativa" (1)

  1. […] la naturaleza humana como competitiva. Como ya hemos visto, esto no es del todo cierto (Ver El ser humano como especie competitiva o colaborativa). Esta suposición les lleva a decir que será la libre competencia la que atraerá mejoras sobre […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: